¿Qué somos?

miércoles, 25 de noviembre de 2009

ABBRACCIAMI. NON TI COSTA NIENTE

En la imagen: Yo, dando un abrazo a una señora que pasaba por ahí; disfrutad de la música mientras leéis.

Abrazos gratuitos, abbracci gratuiti, free hugs…

21 de noviembre de 2009, un día en el que volví a regalar parte de mí.

Bienvenidos a Altamura (Bari), la ciudad del pan, sede también de “4: miss you rope”, proyecto europeo por la interculturalidad y la inmigración. Egita (Letonia), Vasi (Rumanía) y Daniel, o sea, yo (España), y la demás gente de la asociación LINK nos trasladamos a Matera (Potenza) para realizar la siguiente actividad: dar abrazos gratuitos a la gente en la calle.

Recuerdo haber cogido, nervioso al principio, uno de los carteles que yo había hecho por mi mismo. Recuerdo haber pensado al inicio: “Dani, te pueden pegar una paliza, insultarte, escupirte, etc., por esto que vas a hacer”; pero estos pensamientos no llegaron ni al medio minuto, porque justo después pensé: “esto es algo en lo que creo, así que lo voy a hacer y no me importan las consecuencias”.

Bueno, algo que me dejó asombrado fue que hubo que pedir un permiso al ayuntamiento para poder dar abrazos gratis. Es algo tan ridículo…

Pero allí estábamos, en mitad de aquella plaza de Matera (un pueblo precioso) dispuestos a dar todo el cariño que llevábamos dentro, y sin pedir nada material a cambio sino un solo abrazo de vuelta.

10:30 de la mañana de un sábado con poca gente en la calle. Pero cualquier hora es buena para dar un abrazo. Allí estaba yo, con un corazón abierto en dos, un corazón que se extendía hasta la punta de mis dos dedos corazón. Todo en mí era de color rojo, todo en mí era una puerta para todo aquel que quisiese entrar de manera voluntaria.

¡Y llegaron los abrazos! Abrazos con color, sin él, abrazos tímidos, abrazos rotos, abrazos de restauración, abrazos de madre, abrazos de abuelo enigmático, desabrazos, abrazos comprometidos acompañados de la palabra “bello” y una sonrisa, abrazos con la espalda, abrazos experimentales…

Fue todo tan reconfortante a pesar de la gente que nos rechazó con comentarios como: “Non sono gay” (no soy gay), “l’influenza…” (la gripe), “solo abbraccio le donne” (sólo abrazo a mujeres); “non ho soldi” (no tengo dinero), “sto sposata” (estoy casada), etc.

Es entonces cuando te das cuenta de la cantidad de gente que tiene miedo a sentir; de los que no saben sentir porque la vida no los ha enseñado; de aquellos que no conocen el amor porque los han educado mayormente para competir y para ganar; ves a gente que tiene un puzle en la mano llamado amor pero no sabe cómo armarlo, otra en cambio te pide que la ayudes a armarlo; otras personas que tienen el mismo puzzle pero no tienen paciencia para armarlo; e incluso otra que se empeña en encajar las piezas equivocadas; a otros, sin embargo, les notas una actitud tan crecida que te dan la sensación de que ellos mismos creen que están tan llenos que no necesitan el abrazo de una persona que está en la calle con un cartón pintado; etc.

Me quedo con abrazos como el de la señora mayor que se iba a comer el mundo según venía hacia mí y hasta me besó cuando sólo le había pedido un abrazo; el del niño que iba con sus papis; el del abuelo que me abrazó de una manera muy graciosa, en plan: “venga hijo mío, yo te doy un abrazo”; pero entre tanto abrazo, llegó mi favorito, con el cual hice el amor. Fue el abrazo de un hombre de unos veintitantos.

EL ABRAZO:

Al fondo vi unos ojos más grandes que toda la plaza de Matera, pero no eran grandes por bonitos ni por tamaño, sino porque tenían algo que decir, buscaban amor a toda costa. Según me acercaba, iba siendo consciente de un cuerpo congelado, el suyo, movido por la inercia de la cotidianeidad y de una esperanza remota acerca de algo.

Efectivamente, eran unos ojos preciosos que lideraban un cuerpo que parecía manifestar carencias. De acuerdo, voy al grano, y quizá me equivoco, pero este chico tenía toda la apariencia de alguien que vive para la droga, y no hablo de drogadicto ni de yonki porque esas palabras me quedan grandes, pero creo que me habéis entendido.

Me acerqué a él y le dije mirándolo a esos ojos que no puedo olvidar ni quiero: “mi dai un abbraccio?, È gratis”. De repente se quedó desconcertado, pero al instante una sonrisa tímida se plasmó en su cara y sus brazos se abrieron para recibir mi cuerpo y darme el mejor abrazo que me podían haber dado, el más sincero. Fue un abrazo lleno de miles de colores, sin miedo a la cercanía, un abrazo que lo entregaba todo, sin prejuicios ni juicios, rebosante de amor. Sentí su cuerpo contra el mío, y a diferencia del resto de abrazos que sólo conectaban de cabeza a pecho, el suyo conectaba de cabeza a pies, y me decía, me pedía que no me apartara, me pedía ayuda sin palabras, me decía que lo amase sin preocuparme hasta donde.

Justo después de que nuestros cuerpos se separaran, me dijo: “Mi dispiace, non ho soldi” (Perdona, no tengo dinero), y me llenó tantísimo este comentario que hasta creí comprender su esencia y sentí que ese cuerpo había sido abrazado muy pocas veces, y que mi abrazo le había parecido demasiado bonito como para ser verdad. Después me dijo: “Grazie”, y se fue como extrañado y maravillado a la misma vez.

Fue increíble sentir cómo un abrazo no entiende de sexo, raza, edad, origen o ideología, sino que todos necesitamos amor pero, sin embargo, nos empeñamos en poner barreras entre nosotros.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

TU VOCABULARIO DEJA MUCHO QUE DESEAR

Yo soy, tú eres, él es, nosotros somos, vosotros sois, ellos son.


Yo soy una persona capaz de muchas cosas e incapaz de otras muchas. Soy el que quiere bailar este tango solo, el que ve lo que hay dentro de él y cree que proyecta una imagen, pero…

Tù eres la que me convierte en un estereotipo, la que espera que, por el simple hecho de que me gusten los hombres, ya tengo que ser gracioso, tú tienes que cogerme del brazo y yo tengo que acabar diciendo cosas como: ¡Uuuuuuuuuuuuu Mariiiiiiii!, ¡cómeme el coño!; en fin, tengo que acabar siendo tu puto mono de feria.

Ella/él es quien espera que no sea otra cosa que esto; pero ello es lo que no soy. No soy un mono de feria ni tampoco una Mari por el simple hecho de que por una serie de reacciones químicas o biológicas, mi yo sexual o afectivo se sienta atraido más bien hacia la figura masculina que hacia la femenina.

Nosotros somos los que estamos convencidos de que si eres un hombre heterosexual no puedes echar un polvo con otro hombre sin dejar de ser heterosexual, sin pensar que simplemente te apetecia experimentar qué se siente al tocar la mano de un hombre lejos de la intención de apretarla, qué se siente al tener su polla en tu mano, apretar su culo con tu mano, tocarle la cintura, sentir tus labios tímidos por un ridículo sentimiento de culpabilidad chocándose contra los suyos.

Dime tú, hombre cualquiera, qué sientes cuando apoyas tu mano experimentalmente en el pecho del otro mirándolo a los ojos, qué sientes en medio de ese silencio entrecortado por sonidos conducidos por la torpeza de tus movimientos en la oscuridad de la noche; ¿sientes el calor en tus orejas?, ¿te tiemblan las piernas? Pero lo que más me interesa: ¿disfrutas o te conviertes en un actor muy secondario de tu propia vida?

Y dime, mujer, ¿qué piensas de mi, aquel que te tocó aquella noche de manera salvaje, que te deseó, que amó cada parte de tu cuerpo por la belleza de su imperfección? ¿Qué sentiste? ¿Te gustó? ¿Me deseaste o no lo hisicte por el simple hecho de que piensas que soy gay? Yo te deseé, y recuerdo aquella noche aún.

Quizá no soy gay sino que esta palabra que etimológicamente significa “festivo, alegre”, sea léxicamente hablando el fruto de la simpleza de vuestros juicios.

¡Vosotros! Sí, vosotros, ¿acaso me conocéis?; al contrario de lo que dice José Hierro en uno de sus poemas, ¿oléis mis palabras con aroma? ¿Os creéis en posición de encasillarme?

Vosotros sois los que esperais a morir en la oscuridad y aprendéis a vivir sólo en los días de sol. No os gustan los días nublados y de lluvia porque escapan a vuestra percepción y entonces no salís a la calle y os ponéis tristes.

Pero, ¿qué hay de ti, mujer lesbiana? No te puedo ver porque eres invisible. O, ¿es que en realidad estás tan preocupada porque te han educado para pertenecer a un hombre que ni siquiera te das cuenta de que existes?

Dime, mujer a la que le gustan las mujeres, ¿qué sientes cuando tu marido le mira el culo a la rubia de tacones rojos? ¿Por casualidad la miras? ¿Te gustaría poder abrazarla en la oscuridad? ¿Querrías, por un casual que, cuando estés haciendo la comida, llegase esa misma mujer, te arrancase el delantal y la ropa y se llevase tu pezón duro a la boca? Se estremece cada parte de tu cuerpo, ¿verdad?

Cuéntame qué te ocurre, mujer florero. No te pongas triste si te digo que la palabra que te define como aparato reproductor andante etimológicamente significa “lo que va con el hombre” (WO- MAN: what goes with the man).

Por favor, dime qué sientes. O, ¿es que tú también te vas a convertir en la actriz secundaria de tu vida? No me hagas esto, por favor. Quiérete un poco más y averigua que no estás hecha para ser un complemento como si de un bolso se tratase.

Mujer lesbiana, ¿de la isla de Lesbos? No, nunca has estado allí. ¿Qué sientes tú, la misma que con un lenguaje subconsciente se ve obligada a maquillarse desde los cuatro años para agradar a un hombre? ¿Qué sientes al tocar a un hombre?

Ellos son los que nos dicen cómo tenemos que hacer las cosas de acuerdo con unas reglas universales. Tú y yo podemos transgredirlas, hazme caso.

Soy un hombre al que le gustan los hombres, soy un hombre que probó el sexo contrario con resultados satisfactorios... ¡Un momento! Estoy confuso. ¿Estoy confuso? ¿Sí? ¿Lo creéis? Entonces lo estoy.

Perdonadme, por favor. Es que, por un momento, os he quitado protagonismo en la vida esta mía en la que soy secundario.

¿Soy gay? ¿Soy bisexual? ¿Estoy confuso? ¡Ay! No sé, dejadme por favor, que me estáis agobiando. Pero, supongo que tengo que ser algo, ¿no es lo que creéis?

¿Soy todo y nada? ¿Soy una parte? ¿Soy nada?; ¿qué me decís si os digo que soy una persona simplemente? ¿Y si decido ser todo y nada?...

miércoles, 4 de noviembre de 2009

VOLVIENDO A VOLVER. EROGAZIONE...




                                                           Fdo: Ana Álvarez Errecalde
El silencio lleno de ruido, las situaciones incómodas, las prisas, la prisa por sentir, las conversaciones vacías, las palabras que se escapan como gases incontenidos y se quedan en gases incontenidos dejando un olor horrible en el otro… puffffffffffff… y a la vez… haaaaaaaaaaaa.
He decidido no gastar energía en este tipo de cosas, aunque, por otro lado, ello no significa que me rinda ante aquello en lo que uniforme o transitoriamente creo; sé que, por lo menos de momento no puedo cambiar el mundo porque no tengo poder ni dinero, ni tampoco la fórmula mágica para hacerlo. Sólo tengo un alma, esa de la que tanto hablo, un alma que, sabiendo no saber cómo cambiar el mundo, intenta que el mundo no cambie su esencia.
El otro día me dijeron: “Dani, estás lleno de color aunque te empeñes en sacar el blanco y el negro.”
El caso no es que me empeñe en sacar el blanco y negro, sino que para saber graduar los demás colores, también hay que conocer el blanco y el negro.
Siempre que sueño con que vuelo, después me levanto con una sensación de frustración.
Me he dado cuenta que, más o menos desde los veinte años a esta parte cada año he evolucionado considerablemente, que las guerras en parte han derribado parte de mi ciudad interior, pero otras partes muy bellas se han alzado; en este último año me he dado cuenta de que soy como el ave Phoenix, porque estoy reconstruyendo mi historia a partir de mis cenizas. Es extraño y a la vez increíble que dentro de mí siento la calma.
Hasta hace unos meses pensaba que mi amor se quedó en un aeropuerto de Londres, que mis ganas de seguir formándome se perdieron en alguna clase aburrida de Filología Inglesa, que mis crisis de identidad se transformaron en el estado de crisis, que casi cedo a los más puros deseos de aquellos que deseaban que me atascase –sí, desgraciadamente vivimos en una sociedad en la que nos encantar ver caer mitos y reír por dentro a la misma vez que lamentamos cuando esto sucede, e incluso a veces provocamos estas caídas. Y todo para convencernos a nosotros mismos de que no somos tan mediocres; sí, la misma sociedad que roba ideas de otros para plasmarlas como suyas y, a la misma vez, las suyas, copiadas de las otras, son robadas y todo acaba convirtiéndose en una copia de una copia de una copia, carentes todas de autenticidad alguna y en muchos casos llenas de ignorancia, de falta de creatividad y criterio, e incluso de mala leche en muchos casos.
Me siento en paz conmigo mismo y soy feliz. Y lo más increíble es que me he dado cuanta aquí, en Italia, el sitio donde he pasado hambre, frío, donde no he encontrado mi sitio. Y precisamente lo que sentía era que quería irme de aquí, pero aún así era feliz. Sentía paz dentro de mí, tenía tiempo para pensar en mí, en mis paranoias.
He calmado muchos miedos dentro de mí en este último año y lo mejor es que no los he eliminado, sino que los he transformado, he transformado la energía. Es difícil, si cabe imposible, eliminar algo de tu vida de un plumazo, pero con un esfuerzo mental unas veces más grande que otras, podemos conseguir transformar las experiencias.
En este punto de mi vida, el dolor que me han causado no es lo que más me preocupa. He conseguido invertirlo, me ha servido como base para resolver otro tipo de problemas o para ayudar a otras personas en un momento dado.
A todos nos han hecho daño en mayor o menor medida, y muchos nos convertimos en tortugas, con caparazones y andando a paso muy lento. Yo me he creado un caparazón que no es un caparazón cualquiera. Antes usaba este caparazón para protegerme de todo, con la desventaja de que sólo me protegía del miedo al miedo, de no volver a tropezar dos veces con lo mismo. Ahora, en cambio, uso este caparazón como base de lo que ya conozco. Es un caparazón que está ahí y que activaré cuando sea necesario exclusivamente.
Ahora soy feliz porque he aprendido que el dolor va a existir toda la vida, pero si sólo nos protegemos de él, no vivimos nada, sólo experiencias no escenificadas de una vida dominada por el miedo a sentir más allá.
Siento mi pecho enorme, respiro mejor, estoy más vivo que nunca. Estoy reaprendiendo a vivir de nuevo, reconstruyendo muy poco a poco mis cenizas cogiendo retales de acá y de allá; estoy empezando a amarme a mí mismo, me dejo amar, sintiendo cada mirada y cada abrazo, sin miedo a que me duela.
Y lo mejor es que no me importa cuantas veces me derriben porque siempre me reconstruiré. Ahora sé cómo hacerlo.
Se podría decir que en este punto de mi vida estoy rompiendo muy poco a poco con esas cosas que hacía y que no iban conmigo, las que hacía por agradar.
Tengo claro que nunca quiero dejar de ser maestro o actor, porque ambas cosas las seguiré haciendo de una manera u otra aunque después me dedique, por ejemplo, a la hostelería. De lo que hablo es de que todos deberíamos seguir haciendo de alguna manera, por muy pequeña que sea, aquello por lo que sentimos pasión y amor, porque esa es una manera de tantas de cambiar el mundo.
Siempre he pensado que la felicidad no existía, que sólo existían los momentos de felicidad. Ahora pienso y siento que soy feliz porque me he encontrado conmigo mismo y, por lo tanto, cada vez soy más coherente, muy poco a poco, pero lo estoy consiguiendo.
Sé que nunca dejaré de amar y, algo muy importante, que nunca dejaré de volver a volver.